El dolor del siglo XXI

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Tras acontecimientos como los de París, las reflexiones sobre las causas  o sobre las consecuencias (políticas) se suceden. En mi caso, me ha llamado la atención la vivencia del suceso en las redes sociales. Aquí podéis leer la versión original de este nuevo artículo de #FiltroValencia para La Vanguardia CV.

 

Las redes sociales están tan integradas en nuestro día a día que es sorprendente pensar que hace tan sólo siete u ocho años ni siquiera las imaginábamos. Si nos descuidamos, sabemos de nuestra vida por lo que subimos a ellas: si hemos cambiado de trabajo, si la mascota queda genial con tal o cual disfraz, si la cena de anoche o si los kilómetros que hemos recorrido en nuestro desenfreno runnero. Por supuesto, los sucesos como los de París tienen su impacto –histriónico- en las redes. Porque lo del postureo también sirve para las cuestiones del dolor.

En este sentido, dos son los aspectos que me han llamado la atención a propósito de lo ocurrido en la capital gala. El primero de ellos es el seguimiento informativo. Mejor dicho el desfase informativo, al menos en cuanto a la inmediatez, que supone seguir los acontecimientos vía Twitter o seguirlos en cualquier medio tradicional. Por fin vamos aceptando la complementariedad y maximización de usos de unos u otros canales, aunque eso no quita para que hayamos visto las dificultades de la televisión para seguir el ritmo. Este párrafo de Manu Ríos, que escribió en Facebook el día 14 de noviembre, ejemplifica una de las partes de la ecuación, pero no todas. “Anoche fue vergonzoso el silencio de las TV españolas sobre los atentados de París. Necesitamos hacer una profunda reflexión sobre el oficio de informar en televisión y sobre los medios tan precarios que tenemos hoy en día en informativos. Redacciones que ya no lo son porque no hay gente de guardia. No hay personal y el que hay es incapaz de reaccionar y montar un operativo mínimo en 30 minutos ni poner un simple rótulo de última hora, ni hacer que entre por teléfono un corresponsal aunque sea en medio de un programa de entretenimiento. Nada. La nada más absoluta y vergonzante”.

Efectivamente los recortes en personal y recursos en los medios de comunicación es evidente y no vamos a entrar en este debate. A lo que me refiero es como la rapidez de Twitter marca el ritmo informativo y la percepción del mismo. Es decir, estaba cenando con unos buenos amigos y nos enteramos, por esta red, de lo que había pasado. Seguimos cenando y al llegar a casa, me conecté inmediatamente a esa red. Fui consciente de la situación, recompuse la fotografía de ese momento y cuando ya la tenía, encendí la radio. Comprobé que Àngels Barceló seguía con su programa -aún siendo tan tarde- y sin despegar los ojos de mi timeline, continué con el seguimiento. Así ha sido durante los dos días posteriores al suceso. En mi caso, mi referente informador es esta red social –por supuesto, abigarrada de periodistas que no de medios- y el complemento, la radio porque, más allá de preferencias personales, prensa y televisión llevan otra velocidad ¡ay esta sociedad ávida de nueva y prístina información caducifolia en cuestión de minutos! Sin duda, ante momentos de efervescencia informativa como los del pasado fin de semana, los canales del siglo XXI prevalecen sobre los del denostado XX. Por cierto, para una persona que no ve la televisión, como es mi caso, los atentados del viernes quedan muy lejanos y eso que sólo estamos a martes.

 
Y el otro aspecto que quería destacar, no por su novedad sino por sus proporciones bíblicas, es cómo las redes sociales, especialmente Facebook -por ser de un uso más personal-, son reflejo de un estado de ánimo. O mejor dicho, cómo a través de las redes nos incorporamos a un estado de ánimo colectivo. Efectivamente, hablo del cambio de la imagen del perfil. Decía que era una forma de manifestar ese dolor colectivo, de hacer evidente que somos parte del grupo y así dar rienda suelta a nuestro sentimiento. Sí, porque poner una bandera francesa en otro momento quedaría cuanto menos insultante o pedante, según el contexto. De hecho no lo entenderíamos. Ahora bien, si el marco es un brutal atentado, se entiende y se espera que sea así aunque al cerrar la aplicación sigamos con nuestra rutina y no le dediquemos ningún pensamiento más ¿para qué? si ya tenemos una foto que demuestra que sentimos ese dolor. Las redes y los comportamientos que tenemos en ellas no son más que meras plasmaciones de las conductas y prácticas habituales ¿Acaso no es equiparable poner una Torre Eiffel en el espacio en el que tú eres y te identificas (foto de perfil) que dar el pésame a un vecino que te encuentras por la calle? En ambas situaciones estamos manifestando públicamente el sentimiento de nuestro grupo de pertenencia, independientemente de si lo sentimos o no, que, en este caso, es lo de menos.
Atentados de París
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