Meritocracia y otros cuentos chinos

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Esta semana, vamos a hablar de la trampa de la meritocracia. Aquí podéis leer la versión original de este nuevo artículo de #FiltroValencia para La Vanguardia CV.

 

Meritocracia, del latín meritum (merecer) y del griego cratos (poder) fue un término acuñado por el sociólogo Michael Young, experto en educación, en su obra The Rise of Meritocraty en 1958. Lo interesante es que lo utilizó satíricamente pues, para él, era la manera en que el sistema seleccionaba a los mejores y descartaba a los peores. Dista un poco bastante de lo que entendemos hoy por meritocracia, ¿no? Y eso que constituye uno de los ideales en los que se quiere sustentar nuestra democracia. Pero si queremos entender este término y sus implicaciones cotidianas, antes tendremos que pasar por la escuela. Y no me refiero a volver a ocupar los pupitres verdes con cestas enrejadas a la izquierda para poner los carpesanos, ni usar estuches de tres plantas; no. Debemos ir a la escuela como institución.

La escuela ha sido, desde Platón, un espacio para transmitir los valores sociales y por este motivo ha sido objeto de deseo por quiénes tenían el poder y querían conservarlo. No vamos a ahondar hoy en este tema, pero lo que quiero dejar claro, para poder proseguir mi disertación cual pensadora del Liceo paseando por el pórtico, es que la escuela es en una institución que produce estratificación social. Dicho con otras palabras -y dejando el traje de pensadora en el armario-, lo que estudiamos marca lo que somos sociológicamente hablando porque nos dice dónde vamos a trabajar y de ahí se derivará nuestro salario, por un lado, y nuestro prestigio, por otro lado. Y de esta manera nos geolocalizamos socialmente. Así, a las bravas.

Teniendo esto claro podemos ver con mayor claridad la trampa de la meritocracia. ¿A qué me refiero? La meritocracia, según uso y costumbre, es el acceso a un puesto de trabajo o de responsabilidad o una forma de gobierno o lo que sea, basado en los méritos propios; el reconocimiento de nuestra valía sin tener en cuenta la familia o la herencia, por ejemplo. La clave de la meritocracia es pensar que los mejores serán los que ocupen los puestos de mayor responsabilidad, conforme a la valía demostrada en su currículo. Y he aquí la trampa: quienes accedan a los puestos serán los que tengan mejor currículo, no los mejores. Presuponemos, pues, que quien ha recibido mejor educación será el mejor para el mejor puesto.

De primeras podría pensarse que la meritocracia está bien si lo comparamos con un enchufismo vacuo, es cierto. Ahora, si hablamos de meritocracia como un pilar ideal de la democracia o el estado de bienestar, hay que ir con pies de plomo. Por eso a mí me gusta más la idea de la equidad, es decir, tratar a todos por igual sabiendo sus diferencias. Significa dar las mismas oportunidades teniendo en cuenta el lugar de donde cada uno viene –socialmente hablando, claro.

Esto venía al caso de los charlatanes, a quienes se les llena la boca de palabrejos grecolatinos pero que no dedican ni un minuto a pensar la sociedad, la estructura social o las personas. Es posible que estemos en un momento ideal para hacer eso que llaman nueva política y, por ello, formarse, informarse y pensar concienzudamente debe ser una parte importante del trabajo del político. Que no quiero decir que no se hiciera en la vieja política, no, pero si lo hacían, lo disimulaban  muy bien.

 

 

Igualdad de equidad (Propias)
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