La comensalidad y el cine de verano

ImagenFiltroValencia
Una semana más y es la penúltima antes de las merecidas vacaciones, vuelvo con el post semanal en La Vanguardia CV. Una de las cosas más divertidas es el cine de verano por ser al aire libre, en lugares geniales y por ser una práctica colectiva. Pero además, tras ese simple divertimento se esconden ritualidades, expresiones populares y procesos públicos. Ya sabes que si quieres leerlo en su versión original, puedes hacerlo en este enlace.

 

Todos sabemos que nuestra cultura pivota alrededor de la comida. Bueno, no diremos que pivota pero sí que es uno de sus pilares culturales. Y no me refiero a la gastronomía, no; hablo de las prácticas de comensalidad… o sea, de juntar personas en torno a la comida. Podemos referirnos de una paella de domingo –sin entrar en apocalipsis fratricidas intercomarcales sobre los ingredientes-, podemos hablar de una torrà en el campo o podemos hablar de una mistela después de cenar. Sí, cualquier situación que se nos ocurra donde haya seres humanos y comida sirve. La comensalidad es una parte más de la sociabilización.

 

Y del finito cultural que se nos puede estar ocurriendo, elijo uno: el cine de verano. ¿Por qué? Pues porque estamos en temporada y aprovecharemos, como con la sardina, estos meses sin r. Ese maravilloso invento que son los cines de verano y que en los últimos años han brotado como setas por toda Valencia. Hace un par de lustros teníamos que pasar media haciendo cola para coger sitio en el de Alboraia y ahora, ¡míranos!, tenemos que hacer un Excel para cuadrar la programación. Y eso es genial, pero más sería que hubiera tanta oferta para quienes nos quedamos cuidando las plantas en agosto.

 

El caso es que el cine de verano, así, en general, todavía mantiene vivas esas prácticas culturales propias de una actividad colectiva, cosa que no ocurre con el cine en sala. Por eso nos gusta tanto. Y la base de esas prácticas es la idea de compartir: tanto la comida como las emociones. Sí, el cine de verano se presta a un visionado colectivo -no a una amalgama de visionados individuales, como pasa en las salas, que es distinto- y, por tanto, también a una retransmisión colectiva. El otro día, por ejemplo, fui a ver Fargo, de los hermanos Cohen, en La Nau. En una de las escenas de la película, cuando la policía, embarazadísima, baja del coche SOLA para entrar en la cabaña donde el PSICÓPATA está haciendo psicopateces, se sucedieron comentarios del tipo “Pero ¿qué haces, loca?”, “¡No bajes!” o el más repetido “¡Ay ay ay!”. Esto en las salas ya no se ve: se disfruta de los sonidos y las imágenes y de la comodidad de las butacas –para qué mentir- pero no se vive la experiencia colectiva del cine.

 

Como os decía, además de esta cuestión vivencial de compartir las reacciones ante la película, la comida es el otro elemento consustancial al cine de verano. El bocadillo para ser más exactos. Frente a la idea de que en el cine de sala no se come -se toman palomitas o gominolas-, en su versión al aire libre ¡ay de quién no lleve bocadillo! Y es lo que funciona. Sí, parte del ritual del cine de verano es el bocadillo, pero no el bocadillo en sí, sino toda la cultura bocatil que genera.

 

Hacerte el bocadillo no es tarea baladí porque va a ser tu cena –y te tienes un respeto- y, sobre todo, porque debes superar el “jurado bocatil” ¿No sabéis qué es eso? Sí, claro, el “¿y tú de qué te lo has hecho?”, con la consecuente coletilla “dame que lo pruebe”. Sí, ahí está, ese es el elemento que convierte el bocadillo del cine de verano en un ritual similar a la paella. Conviene aprobar con nota el escrupuloso juicio de los que te acompañan, como con la paella del domingo. Pobre de aquel que vaya con un simple bocadillo de jamón y queso, sin aceitito o tomaterestregao. Bueno ¿y qué decir de los que llevan verdaderas obras de arte culinario en forma de emparedado. Y que, curiosamente, se sientan una fila y tres sillas más allá. Sí, esos que atraen todas las miradas, las de envidia y deseo a partes iguales. Como la vida misma: ir al cine a ver y dejarte ver. ¿Podremos ver entrever la estructura social a través de los bocadillos cineveranistas?

 

Una vez hincado el diente, se inicia la conversación pre-fílmica. No me refiero a la presentación de la película, como hacen los del Aula de Cinema de la UV. Me refiero a la charla sobre la comida, derivada de las excelsas viandas que llevamos, sobre la maravillosa noche de verano o sobre el actor o la película que vamos a ver. O sobre qué vamos a hacer el fin de semana. Da igual el tema, el caso es cenar y conversar. Aire libre, comida y amigos, ¿no es ese el secreto?

 

Probablemente en la sencillez de la fórmula radica el éxito del cine de verano. Pero sobre todo, esta práctica colectiva refleja unos usos de la calle que se habían aletargado y que, con estas formas como con otras, están revitalizando la presencia naturalizada del ciudadano en la espacio público. El cine de verano no es nada nuevo pero su expansión y sobre todo su territorialización, evidencian esas vibraciones sociales ¿Os habéis parado a mirar en qué barrios hay cines de verano y en cuáles no?

 

Apaguen sus móviles. Silencio. Comienza la película. 

 

La comensalidad y el cine de verano

Pantalla de un cine de verano en Valencia Aida Vizcaíno

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s