Políticos ¿en directo o en diferido?

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Una semana más os traigo el post que he publicado en La Vanguardia Comunidad Valenciana, esta vez, sobre los políticos en las distancias cortas. Si quieres leerlo en su versión original, aquí tienes el enlace.

 
La pasada semana asistí a la tradicional comida política de Evap/BPW donde escuchamos a los candidatos y candidatas a la presidencia de la Generalitat Valenciana. Os podéis imaginar la cantidad de conversaciones posteriores que surgieron. A un lado de la mesa, siete políticos –solamente dos con bagaje y poso político- y al otro lado cerca de noventa empresarias y empresarios. Cantidad de conversaciones y dispares donde las haya. Desde el acierto o torpeza en las respuestas de los candidatos hasta los comentarios sobre el arroz que nos sirvieron, pasando por las propuestas en materia empresarial de cada partido. Como suele ser habitual, se habla de todo o casi todo una vez finaliza el acto. Pero, de entre todas las conversaciones, me llamó la atención el comentario sobre la normalidad de los políticos. Para ser más concreta, la frase fue “realmente son personas normales”. Imaginadme allí, de pie, sin saber qué decir; tanta politología, tantos análisis leídos y tantas teorías empolladas para no tener respuesta ante la simplicidad de la frase.
Desde el miércoles le he dado vueltas. Vale, no me ha quitado el sueño, pero sí me ha estado rondando hasta el punto de estar escribiendo hoy sobre esto. La empresaria con la que hablaba puso de manifiesto algo evidente para todo aquel que no tiene relación directa con los políticos: también son personas humanas. Se equivocan, titubean, sonríen, se sonrojan o te miran a los ojos al hablar. Al igual que chequean el móvil constantemente, son capaces de responder a la política –sin decir nada, vamos-, les incomoda posar ante las cámaras o se quedan hablando en petit comité de cuestiones familiares. En definitiva, son normales. Esto, que puede parecer una perogrullada, no lo es para quienes son ajenos a la política; no me malinterpretéis, me refiero al mundo o mundillo de la política.
 
Ese comentario trivial me llevó a pensar sobre la distancia real entre ciudadanía y clase política. La inmensa mayoría de los ciudadanos están acostumbrados a ver y oír diariamente a los políticos a través de la radio y la televisión. En los años 60 se inicia la llamada espectacularización de la política con los primeros debates políticos en televisión y la politización del entretenimiento, que era, en definitiva, el objetivo último de la televisión. Así es como la política y los políticos entraron, desde entonces, cada noche en la mayoría de los hogares. Y poco a poco, día tras día, se conforman como un elemento más de la realidad. Si lo pensamos por un momento, casi que  escuchamos y vemos a los políticos con mayor frecuencia que a nuestra tía del pueblo. Devienen personajes de nuestra vida como lo son los famosos de la televisión, el cine o el fútbol. He ahí la cuestión, los políticos se convierten en personajes que dejan tras de sí a la persona.

 
 
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Fuente: La Vanguardia
 
Y más en campaña. Es sobre todo durante estos quince días de artificio político y de grandes discursos cuando nos encontramos ante las huestes de candidatos que pululan por el espacio público representando su papel en el espectáculo político. Un papel que, cual calcomanía, se reproduce en todos y cada uno de los municipios del territorio valenciano. O no, porque paradójicamente la campaña electoral saca a la calle a los políticos para que se relacionen con la ciudadanía. Así, como cada cuatro años, volvemos a verlos y escucharlos en directo, sin pantallas, sin ediciones, sin titulares de por medio. Se acercan a la ciudadanía y se produce el milagro: los desmitificamos. Los políticos vuelven a ser personas dentro del personaje. Y a reconocer en ellos esa normalidad que les iguala a ti. Ahí es donde hace acto de presencia la persuasión política, la capacidad individual del político. Y es en esa distancia corta donde el político te gana o te pierde.
 
Y esto nos lleva a plantear dos preguntas. La primera, sobre la decisión del voto. Al final, cuando estamos ese domingo soleado ante la urna con todas las papeletas tan bien apiladas ¿elegimos las siglas o elegimos a la persona? La segunda, sobre nuestra relación con los políticos. Después de descubrir esa normalidad, de ver con nuestros propios ojos que son de carne y hueso ¿cambiaremos nuestra forma de comunicarnos con ellos o volveremos a la rutina del plasma?

 

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