Escandinavización de la política, ¿y qué?

 

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El pasado miércoles comenzaba mi colaboración con La Vanguardia Comunidad Valenciana en forma de blog semanal, que lleva por nombre Filtro Valencia. Desde este maravilloso balcón, mirando a Valencia y a su territorio, reflexionaré sobre su realidad sociopolítica. Os dejo con el texto aunque lo podéis ver en su estado natural aquí.

En estos últimos días parece que ya empieza a palparse ese ambiente electoral tan singular y emocionante –al menos para los frikis de la política como yo- en el que se descubren los cromos de la liga y se vislumbran las primeras acciones de la campaña electoral. ¿Por dónde irán los tiros de unos y otros? ¿Qué harán con aquel candidato? ¿Quién conseguirá el viral? ¿Quién hará la pifia mediática? ¿Cómo serán las nuevas alianzas? Un sinfín de situaciones inesperadas que sólo tienen lugar en las contiendas electorales. Sí, porque luego ya como que se relajan y la cosa se vuelve más aburrida. O igual sólo me pasa a mí. Como con eso de tener la sensación de que son mis primeras elecciones. Personalmente no sé si es que tengo memoria de pez o va a ser verdad eso de que socialmente no tenemos memoria. Lo cierto es que los pasados comicios me resultan tan lejanos que se me antojan como un sueño –que dicen los mayores- donde las fronteras de los recuerdos se diluyen.

Pero aquí estamos de nuevo, ante este intenso y bullicioso año electoral. Y el caso es que nos encontramos ante algo diferente, aunque no tengamos muy claro qué es exactamente. A las puertas de esta contienda electoral tenemos una sensación distinta, un noséqué compartido pero poco definido. Tal vez sea la aparición de nuevos líderes políticos o las nuevas formas de hacer política o la coyuntura económica o el clima social; o tal vez sea un poco de todo. O a lo mejor es cosa de la primavera que la sangre alterna y nos hace creer que son tiempos de cambio. Pero lo que sí parece evidente es que tras las europeas, las andaluzas y las tropecientas encuestas realizadas –publicadas o no- estamos ante un más que posible cambio en el sistema de partidos, al menos tal y como lo hemos conocido hasta ahora. Faltará ver el recorrido y profundidad de ese cambio. Pero vayamos por partes.

El famoso bipartidismo español lo es pero no tanto. Me explico. Según Lijphart, un politólogo holandés, el sistema español tiene un número efectivo de partidos de 2,76 (el llamado “sistema de dos partidos y medio”), lo que significa que existen dos partidos grandes y uno más pequeño con potencial de coalición. Otra cosa es que nos despiste la alternancia de gobierno entre dos únicos partidos y nos haga pensar en “sistemas de dos partidos” al estilo estadounidense, inglés o neozelandés. El sistema se ha caracterizado en estos treinta y ocho años de democracia por el predominio de dos partidos con al menos el 30% (de media) y un tercero en torno al 7,5% (de media), que en algunos momentos jugó un papel determinante en la formación de gobierno. Aún así, en los últimos años se ha producido una mayor concentración en los dos primeros partidos. En el caso valenciano encontramos una pauta similar con una ligera variación: no ha habido alternancia de poder desde hace veinte años. El caso es que la imagen habitual de nuestro sistema de partidos, ese esquema mental que ya teníamos aprendido, parece que va a cambiar ¿Cuál será la nueva fotografía política valenciana?

Este año es muy posible que encontremos tres partidos por encima del 15% y un cuarto que, si no lo consigue, sobrepasaría el 10% casi con toda seguridad. Salvo hecatombe inesperada. Bien, pues esta nueva fotografía en la que cuatro o, siendo generosa, cinco partidos alcanzarán y superarán la barrera de los diez puntos, dará lugar irremediablemente a unas formas de hacer política basadas en el consenso y la negociación. La cultura del pacto ha venido para quedarse.

Tal vez pertenezca a esas generaciones que no tienen miedo de sacudirse las telarañas de la Transición porque nos queda lejos –vivencialmente hablando- y eso, a mi entender, permite desmitificarla y abordarla sin sentimentalismos. Significa, entre otras muchas cosas, que no tenemos marcado a fuego eso del “cambio estable y seguro”, porque para los nacidos en democracia, por definición, el cambio es estable y seguro. Entendemos la situación que llevó a aceptar los acuerdos tácitos y no tácitos del momento. Lo tenemos claro. Lo aceptamos. Pero ya está. Miremos al presente ¿Qué pasa si hay tres partidos en el gobierno? ¿Qué pasa si hay un partido que gobierna en minoría? Si el sistema lo permite será porque es viable . En cualquiera de estos escenarios, ¿cuál sería el problema? Me pregunto. ¿Que los partidos tendrían que negociar constantemente para sacar adelante sus políticas? Pues adelante. Un mayor control, vigilancia y negociación entre ellos repercutiría , sin duda, en una mejor salud democrática.

Y si a esto añadimos lo que nos contó el otro día el sociólogo Xavier Coller, quizás ha llegado el momento de espantar los fantasmas de la inestabilidad, la inseguridad y la ingobernabilidad. Según sus estudios, más de la mitad de las leyes (estatales y autonómicas) se aprueban sobre la base del consenso o la cooperación política. Lo que más o menos nos vino a decir es que la percepción de la confrontación política responde a una cuestión mediática y no tanto a una realidad parlamentaria, al menos en lo referido a la producción legislativa. Teniendo en cuenta, pues, que disponemos de una política con altos niveles de consenso ¿por qué no podemos esperar gobiernos de coalición y políticos a la altura de esa pluralidad? En algún momento tendremos que dar un nuevo paso en el camino de la consolidación democrática.

En definitiva, desconozco qué pasará en mayo, pero lo que sí parece claro es que debemos cambiar el chip y aceptar que estamos a las puertas de la escandinavización de nuestra política, siguiendo la expresión de Martínez Sospedra, y que van a ser más que habituales los gobiernos de coalición e incluso los gobiernos en minoría con alianzas puntuales, negociaciones constantes y niveles de exigencia política mayores. Del mismo modo que, irremediablemente, nos tendremos que habituar a profesionales de la política que estén a la altura de esta cultura del consenso. Ya os he dicho que soy una optimista empedernida, ¿no?

 

LIJPHART, A. Modelos de democracia. Formas de gobierno y resultados en treinta y seis países, Barcelona:Editorial Ariel, 2000.

Resumen y audio de la intervención de Xavier Coller en el Club Encuentro Broseta

 

 

 

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